Por: Fabio Toro Lugo
ftorol@unal.edu.co
Estudiante de Ciencia Política
Universidad Nacional de Colombia

Los procesos electorales de este año han traído consigo, como es de esperar, un ajuste del espectro político en el país. Se han hecho evidente las reestructuraciones en el discurso de los diversos partidos y movimientos sociales. En otras palabras, con la elección de Congreso y de Presidente, se ha puesto sobre la mesa las cartas que determinarán la política en los próximos cuatro años.

El encadenamiento de sucesos durante este agitado periodo electoral ha consolidado una suerte de oposiciones heterogéneas (y hasta cierto punto articuladas), que han situado en la agenda política dos temas neurálgicos para sus consignas: la corrupción y la defensa de la vida (específicamente, el asesinato de líderes sociales). Estas dos banderas tienen dos características en común: por una parte, permiten conglomerar a la diversidad discursiva de estas oposiciones heterogéneas; por otra parte, atraen el interés de la ciudadanía. En últimas, tanto la corrupción como la defensa de la vida permiten la convergencia de las diversas fuerzas políticas fortificando una oposición. A su vez, estas banderas han traído consigo une efecto bastante curioso en las esferas políticas que orbitan alrededor del gobierno, pues en los dos casos han generado la anotación de no politizar estas dos cuestiones. Dicho esto, se hace necesario plantear dos preguntas: ¿Qué significa esta politización? ¿Cómo determina esta politización la relación entre oposición(es) y Gobierno?

Estas dos preguntas se pueden entender partiendo de la noción de antagonismo. La política es por definición un juego antagónico de fuerzas, así pues, la politización se podría interpretar como la antagonización de una práctica social. En este sentido, cuando se produce la politización de una práctica social, esta se desplaza del consenso (o sentido común) hacia un ámbito de discusión en el que se estructuran antagonismos. En esta lógica, la corrupción y la defensa de la vida se “politizan” cuando se presenta un desplazamiento hacia el antagonismo. Sin embargo, la oposición no es la que (explícitamente) propende por dicha contraposición, pues con estas banderas busca la conglomeración de diversas fuerzas políticas, a la vez que atrae a la ciudadanía en el proceso.

Por el contario, son aquellos que denuncian la politización de estas banderas los que politizan a la corrupción y la defensa de la vida. Pues por una parte identifican el antagonismo que surge de poner en debate público estos temas; y por otra parte, se interpretan como la fuerza antagónica señalada que se opone a estas banderas. Esto hace evidente la incomodidad de verse asociados como la antítesis de las consignas que han permitido la conglomeración de la oposición. En otros términos, las banderas de la corrupción y la defensa de la vida pueden distinguir la diferencia que existen entre Gobierno y Oposición. Y esto a su vez, explicaría porque las fuerzas cercanas al gobierno no quieren la politización de estos dos temas; no quieren verse identificados como las contraposiciones a estas dos consignas, en favor de un fortalecimiento de la oposición.

Por otra parte, la corrupción y la defensa de la vida han llevado a que el Gobierno tome una posición ecléctica para acotar la preocupación generalizada que surge de estas dos cuestiones. Aspecto a que ha llevado incluso a contradecirse con su partido – situación que puede servir para generar rupturas y desarticulaciones en las esferas cercanas al Gobierno. Es indiscutible que tanto la corrupción como la defensa de la vida, han sido dos luchas que han permitido la cohesión de diversas fuerzas políticas críticas del joven Gobierno, a la vez que han permitido su visibilización y consolidación en las diversas esferas de la ciudadanía. Ahora es un reto fundamental hallar la forma de afinar estas dos consignas para aclarar la diferencia antagónica entre Oposición y Gobierno.

En estos términos, es fundamental construir un discurso político que permita la estructuración de una Oposición amplía, diversa y articulada, los suficientemente universal para cohesionar a diversos actores, y los suficientemente específico que no pueda ser conquistado por las fuerzas de Gobierno. En conclusión, politizar los antagonismos entre Oposición y Gobierno.

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