Desde el primer anillo del poder que comenzará a gobernar  el 7 de agosto han llovido palabras que asustan, no solo por su contenido, sino por el tonito. “El que la hace la paga”: Iván Duque. “Nuestro jefe es el presidente Uribe”: Alicia Arango. “Este es el gobierno de Iván Duque”: Paloma Valencia. “Santos nos dejó el asesinato aplazado”: Álvaro Uribe.

Sin embargo, la amenaza que más miedo ha causado  es la del hombre que estará frente a las tropas militares y policiales, Guillermo Botero: “Hay que organizar la protesta”. 

Produce temor por muchas circunstancias: lo dijo en el preciso momento en que los defensores de derechos humanos hacían un “velatón” en protesta por los asesinatos de líderes sociales; porque quien lo dice es la persona nominada para el ministerio de Defensa, que por lo visto no será tal, sino el titular de la guerra, y  porque Botero quiere, desde ahora, arrebatarle las funciones a la ministra del Interior.

Quienes tendrían que preocuparse por organizar bien la protesta, para que tenga un mínimo de seguridad, buenas condiciones logísticas y éxito relativo,  debían ser los propios líderes sociales. “Si queremos realizar un mitin, un paro, una marcha, una reclamación de nuestros derechos tenemos que organizarnos bien”, dirían los voceros de los colectivos que pretenden hacer la protesta y no su contraparte: el jefe de los organismos represivos.

Claro, el designado ministro Botero, no se quedó ahí, en la simple organización. Fue más allá. Su propuesta es muy ambiciosa y con ribetes de unanimidad. Por eso agregó: “Que verdaderamente represente los intereses de todos los colombianos y no solo un pequeño grupo”. Siguiendo su narrativa, en la mente de Botero está la creación de la “Confederación Única de Manifestaciones y Protestas de Colombia” –CUMAPROC–, con una reglamentación que indique los días, las horas, los lugares por donde deben marchar, los vestuarios que deben llevar, los símbolos a exhibir y las consignas a pronunciar, en nombre del Gobierno, que es el único que representa los intereses de todos los colombianos.

No tienen por qué hacer manifestaciones y protestas los campesinos, los estudiantes, las mujeres, los colectivos del LGBTI, los paperos, los trabajadores, los arroceros, los cafeteros, los cocaleros, los indígenas, los desplazados, las víctimas de los falsos positivos. Para que estas agrupaciones lo puedan hacer tendrán que afiliarse a la CUMAPROC.

Hasta donde indican las reseñas biográficas de los ministros, Guillermo Botero es el más veterano del gabinete de Duque. Él, por su edad, debería tener la prudencia y la sabiduría que vienen con los años. Pero a Botero no lo guían esas virtudes de los viejos, sino los estigmas, señales, caracteres y huellas que dejaron en su psique quienes fueron sus héroes, a través de las distintas etapas de su vida.

En su infancia y adolescencia lo marcaron los dogmas violentos de Laureano Gómez, allá en los años cincuenta del siglo XX; luego las tesis excluyentes, del excluyente Frente Nacional; más tarde el represivo Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala; después las Convivir del Gobernador de Antioquia, Uribe Vélez; y a continuación, la Seguridad Democrática y los falsos positivos, del “presidente eterno”. Esas fuentes no pueden insuflar en el alma prudencia y sabiduría, sino el estigma de la guerra.

Sin embargo, hay algo positivo en el prístino discurso del ministro Botero: les ha dado una enorme pista a los movimientos políticos y sociales alternativos, y a sus voceros agrupados en la llamada “bancada por la paz”: organizar la protesta. ¡He ahí el reto!

Por Rafael Ballén M.

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