Por:  Nicolás Martínez

*Artículo 208 del Código Penal: Acceso Carnal Abusivo con menor de catorce años. El que acceda carnalmente a persona menor de catorce (14) años, incurrirá en prisión de doce (12) a veinte (20) años”.

Corría el verano de 1.962, el hombre abrió su bragueta y sacó su miembro, lo exhibió sin pudor a los niños que tenía en frente, comenzó a masturbarse, posteriormente obligó a varios de ellos a practicarle sexo oral…; el protagonista de esta truculenta y desagradable historia es el padre David Holley, párroco de Worcester, Massachussets, el narrador, una de sus victimas de depredación sexual, Phil Saviano, que entonces tenía tan solo 11 años.

“Un día me pidió que me quedara en la parroquia durante la noche. No me pareció bien porque la otra pieza estaba ocupada por otro sacerdote, pero me dijo: ‘Yo pongo un colchón al lado de mi cama’. Le dije que prefería dormir en el living; me dio un sándwich y una bebida, pero me empecé a sentir mal y me dijo que me recostara en la cama. De ahí yo me desvanecí y sólo me desperté al oír un jadeo. Me estaba abusando. Yo traté de mover los brazos y las piernas y no pude. Logré mover una mano, pero me la tomó, junto con la otra y…”, la voz de Mauricio Pulgar se quiebra, después de enjugarse las lágrimas, continúa el escabroso relato, “me dijo, quédate tranquilo que aquí no ha pasado nada, abrió un cajón lleno de plata y me dijo que ahora era de su círculo, le dije que no quería ser de ningún circulo y me fui”; “Cuando tenía diez años llegó a la parroquia y comenzó con los tocamientos, a los 11 ya me había violado, destrozó mi alma y se llevó mi infancia”, narra entre sollozos, John Delaney. Pulgar y Delaney son dos de los más de cien mil casos documentados de abuso sexual a niños y adolescentes por parte de sacerdotes de la iglesia católica, de ellos, más de veinte mil en Estados Unidos, veinticinco mil en Irlanda, seis mil en Australia; los casos se extienden a Europa, América Latina y el Caribe.

Las denuncias incluyen violaciones de niñas y niños, de adolescentes, en algunos casos, desarrolladas por varios años con algunas víctimas, en El Salvador, por ejemplo, una mujer de 42 años denunció la violación durante 8 años cuando era menor de edad, por parte del sacerdote Jesús Delgado, en su momento, él fue suspendido de sus funciones sacerdotales por parte de la iglesia salvadoreña. Un patrón aparece en la mayoría de los casos denunciados, niños, hijos de familias de escasos recursos, familias con problemas o de padres divorciados, los niños llegaban para buscar apoyo y consuelo moral para sus tribulaciones, pero recibían en cambio más razones para perpetuar su sufrimiento. De por sí es aberrante el hecho de tener información de millares de casos de abuso sexual de inocentes menores de edad, por parte de ministros de la iglesia, atropellos consumados precisamente por aquellos llamados a proteger y cuidar de su integridad; sin embargo, lo que más sobrecogimiento produce es que altos funcionarios eclesiásticos en los diversos países manchados por esta terrible lacra y altos funcionarios del Vaticano, sistemáticamente encubrieron y permitieron el acoso y abuso sexual de niños y adolescentes; este encubrimiento sistemático fue incluso reconocido, aunque a destiempo, por el Papa Francisco I en los múltiples casos de abuso sexual de niños en Chile; un caso que ejemplifica esta deliberada ocultación, es el del sacerdote marista Abel Pérez, éste, de origen español, confesó en 2.010 haber abusado sexualmente en la década de los setenta, de 14 niños en dos colegios de la comunidad en Chile, la congregación solo denunció estos casos ante las autoridades siete años después, ello ante la presión recibida por las denuncias de las víctimas.

La permisividad llegó al punto de que el episcopado chileno al parecer encubrió, la existencia de una cofradía de sacerdotes, denominada “La Familia”, dedicada a facilitar encuentros con menores de edad para ser abusados sexualmente, este hecho fue denunciado por un medio de comunicación de Chile. Otros dos patrones, comunes en todos los casos de pederastia cometidos por miembros de la iglesia, han sido los de trasladar de parroquia en parroquia a los abusadores para evitar el escándalo y la condena al envío de ellos a una “vida de penitencia y oración” en algún claustro, lejos de las victimas y sus posibles denuncias. La investigación del Boston Globe, que ganó el premio Pulitzer, evidencia que el sacerdote David Holley fue trasladado de feligresía en feligresía para tapar sus aberraciones sexuales, en cada una de ellas, dejó fielmente su impronta de depredador sexual.

Y es que todo parece indicar que, para la iglesia y sus patriarcas, es más importante conservar la imagen de aparente virtud y santidad de sus miembros; para los altos prelados es prioritario defender a sus ovejas descarriadas, son ellos más valiosos que sus inocentes víctimas, muchas de ellas, niños de 4 o 5 años, años después, algunos, presos de la angustia y la depresión del daño físico y psicológico recibido, se suicidaron. En un esfuerzo por acallar el escándalo, la iglesia estadounidense gastó al menos mil millones de dólares en acuerdos extrajudiciales, igual empeño tuvo la poderosa organización católica irlandesa, la Congregación de los Hermanos Cristianos, que desembolsó al menos doscientos millones de dólares para “reparar” el daño de las víctimas, ello a cambio del silencio.

Es lamentable decirlo porque el tema es grave y aberrante, pero causa al menos hilaridad, leer o escuchar, presumo que, de buena fe, a algunos de los feligreses del catolicismo, lanzando exhortaciones en defensa de la iglesia y sus ministros de la fe, como sí al hablar de estos escabrosos y repugnantes asuntos que la enlodan, se desconociera la función social de ésta o el sacrificio de muchos sacerdotes en beneficio de los más olvidados y excluidos; es menester separar lo uno de lo otro, como también es necesario reconocer que la iglesia católica como cualquier organización conformada por seres humanos, es imperfecta, susceptible de cualquier tipo de corrupción; dicha descomposición moral que degenera en abominables delitos en contra de inocentes almas, debe ser castigada judicialmente, al mismo tiempo que deben ser penalizados por la justicia aquellos que, conociendo de tales aberraciones, encubrieron, cohonestaron y permitieron tales abusos; por que las cosas hay que decirlas claramente, sin llevarnos a engaño, lo que ha ocurrido en este lamentable asunto desde mediados de los cincuenta del siglo pasado, cuando fueron realizadas las primeras denuncias de abuso sexual a menores por parte de sacerdotes, es que nos encontramos en presencia de una empresa criminal dedicada a amenazar, entorpecer, encubrir, pagar coimas y comprar silencios para preservar incólume, el concepto de virtud de la iglesia y sus prelados; es este un caso comparable con cualquier esfuerzo de la mafia italiana o de los carteles de la droga de la década de los ochenta por evitar la acción de la justicia, es igualmente equiparable este caso con su evidente desprecio por las víctimas.

Hay muchos factores, −indica Juan Ignacio Cortés, autor del libro Lobos con piel de pastor, al tratar de explicar las causas del abuso sexual en la iglesia, − hay un componente sexual pero también de abuso de poder. También con una concepción de una Iglesia de jerarquía, una institución casi monárquica en la que el Papa es el Rey, los obispos y cardenales la nobleza y los fieles, incluidas las religiosas, los siervos. La ley del silencio está muy unida al sentimiento de casta superior; una especie de hombres con superpoderes, que están ungidos y son intocables. En ciertas personalidades narcisistas propicia ese “yo lo valgo, yo tengo derecho a esto”. Después ese entramado de secretos propiciado por las propias disposiciones vaticanas según las que, si eres testigo o víctima, has de guardar silencio bajo pena de excomunión. Eso no ayuda a que los casos salgan a la luz. El abuso sexual a menores no deja de ser corrupción y la Iglesia no ha reaccionado de manera ejemplar.

Sí la Iglesia Católica quiere recuperar la credibilidad y la confianza, debe acometer profundas reformas, entre ellas la de pasar de la palabra a la acción en su afirmación de cero tolerancia, con los casos de abusos sexuales de menores de edad; no suena coherente mantener en altos cargos, o trasladarlos a alejados monasterios, a prelados acusados de pedofilia, pederastia o abuso sexual de adultos; asimismo debe revisar conceptos en los cuales ésta luce desfasada con los tiempos que corren; temas críticos como el divorcio, aborto, sacerdocio femenino o celibato; se requiere de una iglesia moderna para estos tiempos modernos, de una iglesia, en palabras de Francisco I, humilde para los humildes, alejada de los excesos, de la corruptela y del boato; es esa la iglesia con la cual cualquier católico sueña, esa es la iglesia que todos los católicos reclaman.

El Ocaso de la Virtud, así se titula un interesante libro sobre la corrupción en Argentina y América Latina, en él, José María Simonetti, su autor, plantea una inquietante transposición de los valores en nuestras sociedades, de forma tal que ser corrupto se vuelve la regla y no serlo, la excepción, al corrupto le va bien, muy bien, accede a las contrataciones estatales, al éxito económico; mientras tanto, al que no lo es, o se resiste a serlo, no le sucede lo mismo, se queda fuera del juego, se convierte en una especie de paria; la iglesia, sus jerarcas, al proteger y ocultar los monstruosos casos de abuso sexual ocurridos al interior de ésta, propician esta especie de inversión de principios y valores, en la cual la víctima es el ofensor y el victimario es aquella persona objeto del abuso;es preciso recomponer esta alarmante e inexplicable deformación de la realidad, Porque ¿De qué le  aprovechará al hombre si gana el mundo entero y sufre la pérdida de su alma? Decía Jesucristo, propiciada en la iglesia desde arriba, Jesús, base esencial de la religión católica, fundamentó su mensaje en la defensa de los más débiles, ya es hora de regresar a la esencia de su legado, dejando de lado tanto maniqueísmo y fundamentalismo religioso.

 

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