Por: Carlos Carrillo

Plantear la revocatoria de un mandatario desaprobado por casi el 80% de la ciudad despierta entusiasmo en muchos sectores; sin embargo, es bueno bajarse del carro de la victoria y reflexionar con cabeza fría: ¿realmente vale la pena embarcarnos en un proceso que traerá enormes traumatismos a una ciudad, que ya dista mucho de ser ideal? Bogotá, no es un tranquilo cantón suizo, de esos que tanto admira el alcalde, y la revocatoria sin duda crispará aún más los ánimos, pero el daño que este “gerente” le está haciendo a la ciudad, no solo es gigantesco sino que está planeado para perpetuarse por décadas. A costa de tomar decisiones claramente antitécnicas e inconvenientes en provecho de sus intereses personales y de los negocios de sus amigos, Peñalosa está llevando a la ciudad hacia un precipicio y el único freno de emergencia que nos queda es la revocatoria.

Sería una gran irresponsabilidad promover una revocatoria si no se hubieran agotado ya los demás mecanismos para dialogar con el Gobierno, pero Enrique Peñalosa no es un alcalde cualquiera, como él mismo repite cada vez que puede, él no es un político ¡es un “gerente”! Así que poco le importa la opinión pública o las encuestas, y ha demostrado una y otra vez que no escucha nada que no salga de su propia boca, al “gerente” solo importa una cosa: que los negocios (suyos y de sus amigos) marchen bien, en eso nadie lo supera, está raspando la olla para venderlo todo y por supuesto está poniendo en práctica cuanta marrulla puede, incluso prevaricando, para condenar a la ciudad al monopolio del sistema de trasporte que lo llevó al estrellato.

Su desprecio por la ciencia

De todas, tal vez esta es la única razón neutral en términos políticos; por supuesto que revocar al alcalde de Bogotá es un acto de carácter político, pero el desprecio que Peñalosa ha mostrado por la comunidad científica rebasa esa frontera. Sobre la reserva Thomas van der Hammen existe un amplísimo consenso científico que no tiene relación alguna con las pugnas de poder que se dan en la ciudad. ¿Cómo pueden tantos científicos y expertos coincidir en algo y el señor alcalde no escucharlos? Si por declarar que la tierra es plana algún amiguis del alcalde ganara dinero, Peñalosa lo haría sin sonrojarse.

Despreciar de esta manera a la ciencia, quizás el único ámbito público en el cual todos confiamos, es francamente necio ¿Haría alguien oídos sordos a un médico que le diagnostica una enfermedad terminal? Pues el problema con la reserva no es distinto, existe una postura sustentada por décadas de estudios y la RTVDH es la última oportunidad que tiene Bogotá para preservar la conectividad entre los cerros y el Río Bogotá, pero el “gerente” insiste en hacerlo ver como un capricho de hippies y en contra de todo conocimiento científico insiste en que los parques lineales y las terracitas verdes, que tan generosamente cederán sus amigos los constructores, hacen lo mismo que un bosque.

Su monumental conflicto de intereses

Si una cancha de pasto sintético hace lo mismo que un bosque y es más barata, un flamante Volvo hace lo mismo que un metro por una fracción del costo. Nuestra clase política ha entendido siempre al Estado como un bien privado del cual puede sacar provecho y Peñalosa encarna uno de los mayores conflictos de intereses que ha conocido este país (Ver Algarete.com.co https://algarete.com.co/2016/01/24/penalosa-y-su-trancon-de-intereses/). Sin embargo, los entes de control se siguen haciendo los de la vista gorda a pesar de las múltiples denuncias, una situación bien difícil de cambiar en la fiscalía de Néstor Humberto Martínez; si el fiscal mismo es un conflicto de intereses que camina, no parece posible que le aplique la ley a uno de sus copartidarios más celebres.

Como si fuera poco la descarada politización de los organismos de control, la mayoría de los medios han puesto a un lado su profesionalismo para entregarse de lleno a defender al alcalde, medios como El Tiempo y Semana llevan un año entero actuando como panegiristas. Semana, ya no se preocupa ni siquiera por guardar una apariencia de objetividad e insiste en una línea editorial reduccionista según la cual, cualquier crítica al alcalde es producto del petrismo viudo de poder. Sobre El Tiempo, su editorial del pasado 27 de diciembre lo resume a la perfección (Ver editorial http://www.eltiempo.com/opinion/editorial/el-arranque-de-penalosa-editorial-el-tiempo-27-de-diciembre-de-2016/16780747), probablemente el Pyongyang Times, único diario norcoreano que he leído, sea más objetivo hablando de su amado líder.

Aunque los medios repitan hasta el cansancio las mentiras del alcalde, buena parte de la ciudad sabe que el metro subterráneo, que Peñalosa tiró a la basura, estaba en un punto de no retorno (Ver video S. Gaviria https://www.youtube.com/watch?v=qzpPElv7Yh8). Todo estaba servido para amasar un capital político gigantesco en esta alcaldía, si Enrique Peñalosa no fuera el mayor vendedor de buses en el mundo, estaría hoy en Buenaventura recibiendo la primera tuneladora para el metro de Bogotá y no capoteando una revocatoria, pero así son los “gerentes” prefieren los negocios aunque su favorabilidad llegue a -20%.

Tal y como vamos, de cumplirse el mandato de Peñalosa, en el 2020 tendríamos una ciudad endeudada hasta el cuello para meter Transmilenio hasta por las ciclorutas, incluido el más delirante de todos los proyectos de esta administración: Transmilenio por la Séptima. También tendríamos algún pilote en Mosquera para comenzar la construcción de un “trencito cañero”, que dada la laxitud con la que el Gobierno Nacional le está permitiendo adelantar el proyecto metro, perfectamente podría terminar siendo el comienzo de un estupendo Transmilenio elevado entre Mosquera y la calle 72 ¿Qué nos asegura que una vez contratada la obra civil, no salga el visionario con la genialidad de no adquirir el material rodante y más bien poner por ese viaducto unos buses eléctricos “esplendidos”?

No se trata solamente de impedir que Enrique Peñalosa concluya su mandato, se trata de detener ese Transmilenio sin frenos que amenaza con llevarse por delante el futuro de toda una ciudad. Si los ciudadanos no lo detenemos ahora, la voracidad de los intereses económicos de Peñalosa y compañía condenará a la ciudad por décadas; perderemos la Carrera Séptima, la red férrea nacional, la reserva Thomas van der Hammen, entre otras muchas cosas, todo en beneficio de un puñado de constructores y de las grandes corporaciones que de la mano de Peñalosa han convertido a Bogotá en un escaparate lleno de buses rojos.

 

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