Por Rafael Ballén M.

Se puede recurrir a ruidosos lugares comunes, como: Petro es un fenómeno político inédito, la izquierda despierta en Colombia, por vez primera un movimiento alternativo le disputa el poder al establecimiento, la derecha tiembla ante una izquierda arrolladora.

Sin embargo, el tema tiene más fondo. Lo ocurrido el domingo 27 de mayo no sólo es la irrupción de un fenómeno político llamado Petro. Ese fenómeno no nació con la misma facilidad con que nace el sol cada mañana. Es la sumatoria de muchas cosas a la vez: la lucha social y política de dos siglos, de cuyas entrañas deviene Petro y sus cuatro décadas de trabajo obstinado y limpio.

Sin auscultar las voces antiguas de las que habla Petro, y el pueblo que acompañó esas voces, habría que mirar lo ocurrido durante los últimos treinta y cinco años. Después del exterminio de la Unión Patriótica, los movimientos sociales y las opciones políticas alternativas se replegaron durante la última década del siglo XX. Pero al despuntar el XXI volvieron a hacer presencia, con desempeños electorales importantes: en 2002/2003 con Lucho Garzón, en 2006 con Carlos Gaviria, en 2010/2011 con el propio Petro y en 2014/2015 con Clara López.

Al paso que se daban esas luchas, a partir de la segunda mitad del siglo XX las maquinarias partidistas se iban desgastando y corrompido hasta los tuétanos. Por eso, el traspiés del último domingo de mayo, tampoco es un hecho repentino. Un anticipo del tropiezo se vio en las elecciones territoriales de 2015: muchos candidatos renunciaron al aval de sus partidos y se lanzaron por firmas. Así salieron elegidos los alcaldes de Bogotá, Cali, Medellín, Cartagena, Santa Marta, Bucaramanga, Villavicencio, Yopal, Pasto y San Andrés.

A pesar de las luchas constantes de los movimientos sociales y políticos alternativos y del desgaste de las viejas maquinarias partidistas, estas aún siguen vigentes, porque de tiempo en tiempo se reinventan y se autodenominan con lenguaje contradictorio en su accionar cotidiano: Cambio Radical y Centro Democrático, son apenas dos ejemplo. Esas viejas maquinarias representan lo más atrasado y ultramontano de la sociedad, pero sus aparatos legales e ilegales dominan las instancias centrales y territoriales del poder, y, tienen mucho dinero –producto de la corrupción–, con el que engrasan generosamente los medios de comunicación.

De los 19.636.714 sufragios, las maquinarias de Uribe y de Vargas obtuvieron 8.974.939 votos: el 46,42%. Esas dos maquinarias derrocharon dinero en propaganda, transporte y comida en el proceso electoral que culminó el domingo 27 de mayo: buses forrados de afiches a todas las veredas, con capataces a bordo que explicaban por quién había que votar, para evitar que les expropiaran sus parcelas y volvieran homosexuales a sus hijos. Mientras que los ciudadanos libres e independientes que se expresaron a favor de Petro, Fajardo y De la Calle alcanzaron 9.837.874 votos, que corresponde al 51,42%.

Con todo su dinero y sus mentiras, el 27 de mayo quedó demostrado que las maquinarias no son imbatibles. Derrotarlas el 17 de junio es el reto descomunal que tiene Petro: ratificar su propia votación (4.850.475 sufragios) y seducir los votos de Fajardo y de De la Calle y un millón de ciudadanos más, para ganar holgadamente. Volcarse hacia el centro: buscar la clase media y los nichos intelectuales y universitarios, sería lo aconsejable. Y, más trabajo pedagógico con las masas, por parte de los cuadros de la Colombia Humana y sus aliados. Llenar más plazas y movilizar más pueblo hacia las urnas, es una tarea que no da espera en este segundo tiempo.

 

Leave a Reply