Por: Oscar Bustos

Oscar Bustos

A las víctimas colombianas no les gusta que las nombren así, a secas, víctimas. Porque la palabra da una imagen pobre y totalmente contraria de lo que en realidad son. Es cierto que en la mayoría de los casos sufrieron las peores vejaciones por parte de los victimarios, vieron morir asesinados a sus seres queridos, las autoridades no les recibieron las denuncias, los medios de comunicación se hicieron los de la vista gorda y la oreja gacha y ocultaron los hechos, muchas veces salvaron la vida de milagro, después de nuevos atentados o de “falsos positivos” judiciales, y se vieron solos y en la completa inopia, bajo un semáforo de nuestras grandes ciudades, buscando protección para ellos y sus familias. Tres millones de colombianos acosados por enemigos perversos se vieron forzados a salir al exilio; seis millones y medio fueron desplazados de sus terruños, cargando con la tristeza de haber dejado a casi 200 mil de los suyos asesinados en los campos y en las ciudades, en Antioquia, Chocó, Caquetá, Nariño, Guajira, Valle, Cesar, y en otras regiones de Colombia, que convirtieron el mapa de la nación en ríos de dolor, lo que constituye la tragedia humanitaria más grave de la humanidad en los últimos 50 años; agreguemos que 26 mil personas fueron secuestradas, otras 26 mil desaparecidas por guerrilleros, agentes del Estado o paramilitares, 7 mil perdieron ojos, piernas o brazos al pisar las minas antipersonales, cifras oficiales que son un escaso subregistro de lo que realmente ocurrió. Y enfrentadas a toda esta catástrofe -que hubiera enloquecido a cualquiera (en realidad, en muchos casos, los más débiles enloquecieron o perdieron el habla)-, los que quedaban vivos tuvieron que recogerse las lágrimas, sobreponerse y levantarse de las cenizas como el Ave Fénix de la antigua leyenda egipcia, una metáfora que corresponde más a esta nueva calidad humana que hoy nos hace únicos en el planeta entero.

Así que no son víctimas, son verdaderos héroes, hombres y mujeres, campesinos de Colombia, dignos y altivos, cuyo espíritu resultó fortalecido después de vivir en carne propia semejante horror, y en medio de sus reclamos, hechos a todo riesgo –porque la guerra no ha terminado aún- de verdad, justicia, reparación y no repetición, aún son capaces de salir a perdonar a quienes les ocasionaron los peores daños. Perdonan pero no olvidan, es decir que se han organizado con otros -que igualmente salieron de las cenizas- para conversar sobre lo que pasó, descubrir que hay peores dolores que el propio, y para hacer pedagogía de la memoria de sus muertos y sus desaparecidos, para fundar casas de la reconciliación y al tiempo participar en las movilizaciones que reclaman la garantía de todos sus derechos. Hay que resaltar que no salieron con sentimientos de venganza, porque la lección más importante que sacaron es que el odio sería la semilla de nuevas violencias.

Son ellos los que han convencido al país de que refrendar el Acuerdo logrado entre el Gobierno Nacional y las FARC es la mayor oportunidad que tiene Colombia para superar una guerra que llevaba más de cincuenta años matando colombianos.

Ahora ellos se proponen exigir la verdad a sus victimarios y al mismo tiempo recuperar las historias de sus familiares, contar su verdad, dignificarlos ante sus hijos, nietos y vecinos, y oponer esta verdad a la que cuentan los historiadores oficiales.

Estoy pensando en casos como el de Blanca Meneses, de La Dorada, Putumayo, a la que los paramilitares el primero de enero de 2001 le arrebataron a sus cuatro hijas de sus manos, las ultrajaron, las asesinaron, desaparecieron sus cuerpos, y diez años después, cuando los asesinos abandonaron la zona, ella caminó, fosa tras fosa, hasta encontrar los vestigios de sus hijas queridas. Y se hizo entregar los restos en un acto público por parte del Gobierno con presencia de las Naciones Unidas.

Estoy recordando a doña Fabiola Lalinde, quien nunca dejó de buscar a su hijo desaparecido, enfrentando hasta la cárcel, donde estuvo diez días detenida por un falso positivo judicial y de allí salió decidida a emprender la que llamó Operación Sisirí, hasta que encontró al hijo de sus entrañas, convertido en un montón de huesos que por sí mismos denunciaban las torturas indescriptibles a las que los militares lo sometieron antes de fusilarlo. Ella bautizó así, Operación Sirirí, a la búsqueda que emprendió de su hijo Luis Fernando, el primer desaparecido documentado de Colombia, porque se acordó de un pequeño pájaro con este nombre en la zona del eje cafetero que atacaba a los gavilanes. Otro nombre de un pájaro, esta vez colombiano, para designar la acción de enfrentar la adversidad y, sin ninguna posibilidad de éxito, lograrlo finalmente. Porque estos logros han sido hechos a pesar de la ley de gravedad, de la ley de fuga, de las leyes de muerte en nuestro país, de las prohibiciones para buscar a nuestros seres queridos y sepultarlos, como hacemos los humanos desde la época cuaternaria.

Estoy rememorando a los familiares de los once diputados de la Asamblea del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por guerrilleros de las FARC cuando estaban en cautiverio, que se pusieron a la altura de la grandeza de sus seres queridos masacrados y en su cara llamaron asesinos a los miembros de cúpula guerrillera que está negociando el fin del conflicto en La Habana, les exigieron verdad, actos de memoria, justicia y reparación de sus dolores.

Estoy trayendo a la memoria a los habitantes de los pueblos de Betoyes y San Salvador, en  la frontera entre Arauca y Casanare, quienes por estigmatizaciones que desataron los señores de la guerra se acusaban mutuamente de enemigos ideológicos y se hicieron todo el daño posible, que incluyó masacres a un lado y otro, ataques indiscriminados, bombardeos y desplazamientos, pero que cuando dejaron de escucharse los fusiles como que despertaron de un mal sueño y en un acto público se reconocieron como paisanos y estrecharon sus manos, no sin exigirle al Estado colombiano la reparación de todos sus derechos.

Estoy volviendo a recordar el drama de Ingrid Betancourt, Alan Jara y Clara Rojas, hoy comprometidos con el proceso de paz firmado en La Habana, a pesar de sus dolores y sus reclamos, y dejando para otra ocasión la exigencia de justicia de sus propias tragedias.

Con sus acciones y con las de cientos de organizaciones de víctimas que enviaron sus propuestas a La Habana, Colombia está dando muestras de que en realidad estamos pasando la página de la guerra y del horror, y viviendo el comienzo de la anhelada democracia, que ha sido el sueño de generación tras generación, desde el comienzo de la República.

Como dijo el escritor William Ospina en una columna publicada en El Espectador: “Y ahí sí estoy con Cristo: hasta las cosas más imperdonables tienen que ser perdonadas, a cambio de que la guerra de verdad se termine, y no solo en los campos, los barrios y las cárceles, sino en las noticias, en los hogares y los corazones”.

Porque, como el Ave Fénix que renace de las cenizas cada quinientos años, o como el pájaro Sirirí que a pesar de su pequeño tamaño enfrenta y ahuyenta al depredador, las víctimas colombianas han tenido que tomar distancia de sus dolores para mantener elevados los sueños de una Colombia justa e igualitaria para todos. Muchas gracias.

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