Voy a valerme del mismo epígrafe de Séneca con que el periodista polaco Rizard Kapuscinky presenta su libro Viajes con Heródoto:”Veo que me ha sucedido lo mismo que ocurre a los manuscritos pegados en sus rollos tras largo tiempo de olvido. Hay que desenrollar la memoria y de vez en cuando sacudir todo lo que allí se halla almacenado”.

Nosotros, los periodistas colombianos de hoy, en la segunda década del siglo 21, debemos desenrollar la memoria para que nuestro país pueda respirar y luego tomar aliento, y así lanzarse a la vanguardia de una nación cuyos ciudadanos gocen los derechos colectivos al bienestar y a la cultura, es decir a la apropiación del conocimiento desde nuestra diversidad y nuestra geografía, y al respeto de los otros, nuestros semejantes.

Pero no llegaremos a vislumbrar esta utopía si no hacemos un gran esfuerzo por comprender lo que históricamente nos ha sucedido, prácticamente desde que ocurrió la invasión española y luego el comienzo de nuestra patria boba. Es urgente el conocimiento de esta historia para referirnos a los hechos del presente, porque nada podemos decir con alguna rigurosidad de los actores armados de hoy,  si no profundizamos en el conocimiento de los actores armados de ayer. Y nada de los corruptos de hoy,  si no conocemos las corrupciones del pasado. Y nada de las víctimas de hoy, si no estudiamos a las víctimas sucesivas y numerosísimas que quedaron abandonadas en los caminos y a lo largo de las décadas.

Me gusta contar las historias de seres humanos sencillos que de pronto se ven inmersos en un gran problema y tienen que salir a afrontarlo. Quiero ver a ese hombre o a esa mujer contextualizados en su época y en su lugar. Y esto con pelos y señales. Quién gobernaba su país y su provincia, cuáles fuerzas estaban en contienda, cuáles derechos en disputa, a qué protección tuvo que acudir ese ciudadano y con qué posibilidades de éxito, o si todo el mal le llegó de sopetón, como cuando el señor K fue apresado y condenado a muerte y nunca supo por qué, como en la novela de Kafka, que es hoy la historia de gran parte de los colombianos.

“Hay que desenrollar la memoria y de vez en cuando sacudir todo lo que allí se halla almacenado”, dijo Séneca. Y no irnos por las ramas para solo destacar cursilerías, sino identificar claramente el conflicto de ese hombre con el mundo que le tocó vivir, señalar por sus características a las víctimas y a los victimarios, distinguirlos inmediatamente desde los valores y los intereses que expresan, y darles a unos y otros toda la voz, para que las víctimas superen su condición reclamando lo que se les debe en verdad, justicia y reparación. Y para que el victimario, que debe hablar también,  revele  esa verdad oculta que hace llorar a las víctimas.

Para cumplir esta labor deontológica del mejor  periodismo de todas las épocas, los periodistas debemos estar bien preparados. ¡Y cómo se prepara uno, cuando todos los bandos disparan a la vez y todo es confusión y caos? Fundamentalmente, los periodistas debemos  estar comprometidos con la búsqueda de la verdad de su historia en cada caso, respetando siempre el punto de vista de las víctimas. Si hacemos esto, habremos reparado en mucho el papel que han jugado los medios de comunicación en Colombia durante muchos años, que no ha sido otro que traicionar a las víctimas y asumir el enfoque de los victimarios para confundirlo todo,  evitar la justicia y ensalzar a la mentira en el trono de la corrupción.

“Los periodistas de hoy tenemos los manuscritos pegados en sus rollos tras largo tiempo de olvido”, dice Séneca. Y eso… si los tenemos. Porque en un país donde la Historia –con H- la han escrito los vencedores, nos queda como reto el descubrimiento de las historias –con h-de los vencidos. Cada colombiano tiene una historia que contar, y hay colombianos que tienen muchas historias que contar. A través de sus voces y de sus gestos iremos a la conquista de una gran Historia, la que se nos debe tras siglos de ocultamiento y estigmatización. Enamorándonos de ella como lo pedía Oriana Fallacci, que dejaba jirones de sí misma en cada entrevista que hacía, vamos a poner en nuestras narraciones todos los sonidos que la definan, todas las imágenes que la hagan aparecer en la mente de nuestros lectores, televidentes u oyentes, y lo haremos con el ritmo fascinante que cada historia exija, para que a través de esas voces hablen los sobrevivientes de todas las masacres a lo largo de los tiempos, y estalle un coro que recuerde a los ausentes y reclame la verdad y la justicia, un coro que se escuche en todo el planeta.

Donde quiera que existan periodistas en los mil rincones del país violentado, con las herramientas que tengan a la mano, han de aceptar este reto, si en realidad queremos transformar nuestro país. Contar las historias de las víctimas y de los victimarios, primero haciéndolas pasar por nuestra mente y nuestro corazón, y por todos nuestros sentidos despiertos, para que los lectores, oyentes, internautas y televidentes repudien todo tipo de violencias, porque primero las hemos repudiado nosotros. Hacer repudiar la violencia y la corrupción, he ahí un magnífico reto profesional.

Cuando contemos todas las historias de nuestros barrios y veredas, de nuestras grandes, pequeñas y medianas ciudades, con puntos y comas, con signos de admiración y seguramente con muchos interrogantes, con vueltas al pasado como en el flashback de las películas, con proyecciones al futuro como en el flashforward de las películas, respetando íntegramente los testimonios de nuestras fuentes, sin exagerarlos, sin censurarlos, sin apropiarnos abusivamente de esas historias para sacar pecho ante nuestros colegas, pero encontrándoles el ritmo que necesitan para ser contadas, el que sólo se encuentra tras mucho trabajo estrictamente literario, entonces podremos pensar en un país mejor para nuestros hijos, en el que la lucha por la conquista de los derechos apenas comience.

Por: Óscar Bustos B.

Oscar Bustos

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