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Por: David Buitrago Polanco

Si bien el mal gobierno de Santos se ha equivocado en el tratamiento de la información, no podemos permitir que los guerreristas le nieguen el derecho a los colombianos que están naciendo, de tener una patria donde el odio no quepa.

Ni usted, querido lector, ni yo hemos visto un sólo día de paz en Colombia, y probablemente no lo veamos si entendemos la paz no como la ausencia de guerra, sino como justicia social para todos y cada uno de los habitantes de un mismo territorio. En últimas por eso nacieron las FARC.

Los valores del mundo han cambiado tanto, que hasta ya abrieron una cuenta bancaria por ahí, dizque para que los Gobiernos del mundo hagan una vaca y apoyar el postconflicto colombiano. Pero acá hay quienes aún se oponen a silenciar las armas.

Obvio que mañana no vamos a ser la Suiza del trópico –paz y sabor– pero es que ese tampoco es el objetivo de los acuerdos de La Habana, más bien, es la mejor oportunidad que ha tenido el país para desarmar al mayor actor armado del conflicto colombiano, en medio siglo.

La verdad es algo que nos oculta la guerra, pues las bombas y la sangre hace que la atención se desvíe del objetivo mayor y ese manto de duda se talle en la sociedad.

No soy víctima de la guerra, pero entiendo que la mayoría de víctimas prefieren tener la certeza que lo que le pasó a ellas no le ocurrirá a nadie más. Es más importante para ellas saber que el vecino no va a sufrir ese dolor que le tocó sentir, a que el criminal se pudra en una selva o cárcel.

Ninguna de las acepciones de justicia en el diccionario de la RAE habla de cárcel, más bien hay un patrón alrededor de la razón, como si para que existiera justicia necesariamente hubiera que hacer un proceso lógico razonable. Y qué lógica es que quien le debe tanto a la sociedad se vaya a una celda a consumir impuestos de los contribuyentes y no a resarcir su deuda.

Eso es como decir que un ladrón se resocializa mandándolo a la cárcel porque allá va a tener tiempo de reflexionar, y no mejor poniéndolo a hacer lo que no le gusta, trabajar, y obligarlo a aprender un oficio porque la siguiente vez le caerá todo el peso de la ley. Seguir el ejemplo de los pocos paracos que desmovilizó Uribe, que en la cárcel estudiaron derecho y ahora casi todos esos “ex” criminales  y casi abogados.

¿Para qué sirven las utopías? Así como podemos estar seguros de que no podemos estar seguros de nada, sí podemos intentar hacer algo para asegurarnos de aquello. Entonces, si no vamos a ver una Colombia en paz sin que haya justicia social, tenemos que hacer lo posible para lograr ese objetivo, y es ahí cuando la utopía hace lo suyo, porque si no podemos tener una sociedad perfecta, al menos lo intentamos y cada día nos acercamos más a ella.

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