Por:  Luis Carlos Lozano OspitiaLuis Carlos Lozano Ospitia

Abogado, escritor y columnista

La corrupción en Colombia ha llegado a los límites del descaro; la vergonzosa estadística nos señala en ser uno de los países más corruptos del continente; aquí no hay una institución pública que se libre de este pecado, lo peor que se pueden identificar y son conocidos públicamente a estos delincuentes depredadores del erario público.

Pero la fragilidad, debilidad y muchas veces la complicidad de las instituciones encargadas de vigilar, controlar e investigar, están salpicadas o muchas veces sumidas hasta la coronilla de este grave flagelo; por ende no tienen moral ni los mecanismos para castigar ejemplarmente a estos parásitos de la sociedad, conllevando a que los ciudadanos a no creer ni respetar a las instituciones públicas, ni al gobierno de turno, por eso se observa el incremento de las vías de hecho (justicia por su propia mano).

La corrupción es directamente proporcional a la generación de la violencia, crisis de la salud, servicios públicos, inseguridad, mediocridad en la educación, desempleo, y en resumen, a la miseria.

Entidades estatales como las contralorías departamentales y municipales, obtienen un promedio general de 55% de un alto riesgo de corrupción. Las superan las gobernaciones con 59% y los municipios con 57%, otros entes como la misma fiscalía, la policía entre otras, están contaminadas con este fenómeno; que no es nada nuevo, sino que es tanto el descalabro y desangre del prepuesto público que divulgan a través de los medios de comunicación, algunas mínimas entidades e instituciones que se roban millones de pesos que nos pertenecen.

Hay estimativos que nos indican que los recursos que se pierden (ROBAN) son varias veces superiores a lo que se recauda con la reforma tributaria. Lo que más desamina de este flagelo es que los ladrones se vuelven millonarios, quedan en libertad, no entregan un centavo de lo apropiado, algunos le asignan cargos públicos en el exterior, o se van a vivir a Europa o Estado Unidos a sus anchas o lo más grave que le dejen algunos meses de casa por cárcel en mansiones con pajecitos.

Como contraprestación al pueblo por el desgreño sufrido, el gobierno de la mano de muchos haraganes políticos, nos asfixian con altos impuestos, para tener una mayor porción del pastel para la próxima arremetida delincuencial.

Las personas corruptas, son las mismas que hemos elegido para que nos represente en el gobierno para defender nuestro bienestar, también pueden ser aquellas colocadas por esos políticos torticeros, para que alimente sus arcas, son individuos que carecen de absoluta ética, moral y por ende de una conciencia social. Son personalidades antisociales que solo les interesa el poder; para delinquir y enriquecerse sin importar las consecuencias que esto le traiga al mismo y a la sociedad. La corrupción sigue a pasos agigantaos por la impunidad reinante.

Los políticos predican la anticorrupción en sus campañas. Cuando llegan al poder y a los cargos públicos, las promesas de luchar contra la corrupción se esfuman.

La corrupción es un fenómeno que nos afecta a todos, de muchas maneras, se desvían los ingresos departamentales, municipales y nacionales con los cuales nuestro país y sus instituciones, cada vez se muestra más pobres, más violento y más mediocre.

La corrupción se ha vuelto en nuestro país, una industria criminal, poderosa, respetable, rentable y no paga impuesto alguno.

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