Con las primeras acciones, decisiones e intrigas Duque comenzó a gobernar antes del 7 de agosto y peló el cobre demasiado presto. En inclusión social, en temas de paz, modelo económico y reforma a la justicia, por ejemplo. Esta nota sólo se ocupará del primer asunto.

Según el Diccionario de colombianismos del Instituto Caro y Cuervo, se dice que una persona pela el cobre cuando “muestra, frente a una situación específica, aspectos negativos, defectos o vicios, sin proponérselo”. La misma obra en esa entrada trae un ejemplo que se aplica con gran precisión al recién electo presidente: “Decían que no les interesaba la plata, pero a la hora de la repartición del premio pelaron el cobre y le negaron su parte al más aguerrido del equipo”.

Desde el mismo momento en que dio su primer discurso como presidente electo, el domingo 17 de junio en la noche, sin proponérselo –o quizás intencionalmente, por consejo de su mentor– incurrió en la más socorrida de las características del hilo conductor, con el que han gobernado las élites de nuestro país: exclusión, represión, exterminio.

Excluir es tal vez el verbo más arraigado en el alma de las élites colombianas: de la tenencia de la tierra, de la educación, del trabajo, de la cultura, de la participación política, del ingreso nacional, de la contemplación del paisaje y de la vida misma.

A partir de los años cincuenta del siglo XX la narrativa política ha utilizado un verbo más preciso y violento: cerrar. “El trabajo legal de masas se cerró”, dicen los historiadores. Las élites están cerradas y encerradas en sus clubes, en sus haciendas, en sus cajas fuertes, en su régimen electoral corrupto, en el bunker de la alta burocracia. Quienes no hagan parte de esos círculos exclusivos o sean proclives a su cooptación no existen. “Colombia es un país extremadamente excluyente”, agregan los narradores, como un lugar común.

El Diccionario de sinónimos y antónimos de Espasa nos enseña que el verbo excluir tiene muchos sinónimos: descartar, rechazar, separar, discriminar, despreciar, exceptuar, suprimir, negar. Todos esos sinónimos quedaron reflejados en el primer discurso y en las primeras actitudes de Duque.

¿Dónde está la exclusión, el rechazo, la discriminación, el deprecio, la supresión y la negación que hace Duque? El que habló de la unidad de la nación, de pasar la página, de olvidar la polarización, pero no tuvo la grandeza de reconocer a su contendiente. Mientras Petro, con el respaldo de 8.034.189, aceptó el triunfo a Duque, el que dijo Uribe no tuvo la gallardía, la nobleza, la educación, las buenas maneras de saludar y felicitar a su rival, a sabiendas de que “tener a Gustavo Petro como contendor en la recta final fue lo mejor que le pudo haber pasado a usted, señor presidente”: Daniel Coronell, Semana No. 1.885.

Duque quedó muy pronto al desnudo en materia de inclusión social y unidad nacional, porque por un lado va su discurso de unidad, y, por el otro, marchan sus actitudes excluyentes y mezquinas, que amplifican de manera ostensible sus violentos seguidores.

Así lo observó todo el mundo durante la primera semana después de ser elegido: “Mientras el presidente electo a donde iba hablaba de inclusión y propósitos comunes, una senadora de su partido lanzaba sinuosas advertencias a la Corte Suprema por una supuesta acción judicial contra el expresidente Álvaro Uribe, que de una vez calificó como ‘represalia’ por la llegada al poder de su candidato”, (El Espectador, editorial, domingo 24 de junio de 2018). El mismo diario concluye: “No será este tipo de acusaciones temerarias las que nos puedan llevar a la unión”.

Por Rafael Ballén M.

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